Un buen regateo empieza con un saludo que recuerda la última fiesta y pregunta por la abuela. Luego llega el chiste suave, la oferta sincera y la pausa justa que deja pensar. Si hay química, la balanza añade un poco más sin decirlo.
Los vendedores se llaman por apodos heredados, y los clientes responden con bromas que ya son parte del guion compartido. Entre risas, pasan noticias del barrio, recomiendan puestos vecinos y sostienen una red afectiva que protege, anima y hace que nadie se sienta extraño.
Cuando cae un chaparrón, aparecen manos de todas partes para sujetar, drenar, recolocar. Cada toldo se convierte en barco y cada caja en dique improvisado. Luego, con sol tímido, estallan los aplausos y se brinda con cortados, celebrando que el mercado resistió otra prueba.